155. Perdido, encontrado, ignorado, valorado
Esto que voy a contar es triste y bonito a la vez.
Sigo con el tema «del libro».
Va a tener historia todo esto. De hecho… ya la tiene.
El caso es que hablando con otro de los grandes amigos de mi padre, histórico de la montaña, al hilo del tema de Maimón y del libro de mi padre, me ha dicho algo que me ha dejado el corazón en un puño

No se si se lee bien, pero lo que cuenta es un clásico.
Cuando murió, sus hijas no valoraron la historia de su madre, y tiraron todos los papeles o pusieron a la venta aquello por lo que les pudieran dar medio céntimo, como es el caso de los libros.
Así es como este libro acabó en mis manos, que lo compré en la librería Alcaná de Madrid, el libro que mi padre dedicó muy especialmente a Maimón, no sólo con el escrito de la portada, si no con múltiples dibujos y comentarios increíbles.
Y, claro, esto me ha sonado a una historia tristemente conocida, algo que viví yo en primera persona y que me resultó muy duro.
Al poco de fallecer mi padre (febrero del 20), cuando la pandemia ya nos permitió movernos un poco, fui a Santander a una tienda RETO. Resulta que un montañero había visto ahí un montón de trofeos y cosas personales de Agustín Faus, le llamó la atención, me encontró por las redes, me contactó, me lo dijo y yo llamé a Reto.
Les expliqué la situación bastante apurada, no sabía cómo iban a reaccionar, pero me dijeron de inmediato que me lo guardaban, que no hacía falta que pagara nada antes. Me pareció muy fácil su comprensión, luego entendí que es una situación con la que estas tiendas de «viejo» y «segunda mano» se encuentran con mucha frecuencia.
El caso es que cuando fui a recogerlo, con los ojos entre lágrimas y enfado, di vuelta por la enorme nave, y fuera de la vitrina donde estaban todas las cosas de mi padre, fui encontrando, aquí y allá, elementos de mi casa, de la casa familiar, cuadros, decoraciones, recuerdos…
Cosas que nunca debieron estar ahí, porque yo las pedí, las quería y las hubiera guardado con mucho gusto.
La llorera que pillé ese día no tiene medida, pero mira, hoy en la pared de mi casa, al lado de la chimenea que para mi es «tan de familia», cuelgan unas acuarelas preciosas que trajo mi padre de una de las expediciones de Bolivia y que siempre formaron parte de la decoración de mi hogar de infancia.

Hay demasiadas cosas que nunca jamás encontraré ni aparecerán, pero el hecho de haber podido recuperar algunas, de forma bastante asombrosa, creo que ya es motivo suficiente de agradecimiento.
Todo esto, los comentarios que leo, cosas que escuchamos y sabemos, la propia experiencia… pone en evidencia situaciones muy tristes y feas por las que no deberíamos pasar, pero que toca pasarlas.
El tiempo, el olvido, el desprecio o total indiferencia por los valores, por lo valioso, por las raíces, por lo que es parte inherente de la vida de cada uno es uno de los mayores defectos de nuestra sociedad, de nuestro ser humanos menos humanos.
Es cierto que «las cosas» no son más que «cosas», que lo material no tiene más valor que el que cada cual le quiera dar.
Pero es igualmente cierto que todo lo inmaterial, lo emocional, lo vital, lo más auténtico de nuestros mayores, de nuestras historia, está precisamente en todo aquello que para los que nos criaron, nos amaron y nos dieron todo para que seamos lo que somos, era tremendamente valioso e importante.
Es evidente que por lo general no tenemos casas ni sitio donde poder guardar todo lo que viene de nuestros parentescos, pero dar una salida digna y ofrecerlo a quien lo valore, me parece lo que marca la diferencia entre la humanidad y la deshumanización.
No sé, quizá esté un poco nostálgica con todo esto, pero hay una parte de mi que siente dentro que deberíamos ser más respetuosos con todo lo que, queramos o no, nos guste más o menos, es nuestra historia, nuestra esencia, nuestro ADN más íntimo y auténtico.
Al menos yo ahora aprovecho a dar gracias a la vida por devolverme de forma inesperada retazos de la vida de mi familia que había perdido.
Y a animaros a que busquéis y valoréis esas cosas que algún día serán un tesoro, que sea una riqueza y no un estorbo.
Quizá forme parte de la historia de verdad, la que se escribe con capítulos irregulares.