172. Centenario de Agustín Faus
Tenía otro mail para mandaros hoy, pero, acabo de ver la fecha y…
30 de abril de 2026
¡No puedo dejarla pasar!
Tal día como hoy de hace 100 años, el 30 de abril de 1926, nació, en el entonces humilde Barrio de Sants de la ciudad de Barcelona, un pequeño varón al que pusieron de nombre Agustín.
Hijo de Ramón Faus y María Costa, fue un niño movido, culo inquieto, curioso y buscavidas a la fuerza en una dura infancia en plena Guerra Civil española.
Recuerdo haber leído en en su «Yo fui niño de la guerra», -libro aún inédito, que publicaré más pronto que tarde-, cómo relataba las formas en que se las ingeniaba para llevar comida a casa a base de encaramarse a paredes, colarse por ventanucos y escurrirse entre huecos donde sabía que no debería estar, pero oye, cuando el hambre aprieta, el ingenio se agudiza.
Mi Yaya, su madre entonces, le miraba y cuestionaba sin preguntarle dónde había conseguido eso, y a la vez, igualmente sin mediar palabra, con esas miradas con que las madres hablan, le reprendía a la vez que felicitaba su valor y preocupación por la familia.
Hubiera sido bonito que el gran y humilde Agustín Faus hubiera sido centenario.
Podría haber llegado a los 100, perfectamente; sus condiciones de salud, forma física y mental eran candidatas perfectas.
Él mismo, vital como nadie, siempre se veía «hasta los 120«, y mi madre, en su ironía cántabra nos decía «Hijas, ya veréis como vosotras seréis viejucas y ahí seguirá vuestro padre dando guerra, como una momia arrugada, pero sin parar quieto»
Y habría sido así, el Faus activo, escribiendo, andando por el monte, contando historias de montañas y mandando «recuerdos a….» en cualquier lugar, en cualquier momento.
Pero cuando a un hombre le quitas lo que le da vida, le arrancas de su medio o le arrinconas poco a poco, en nada y de forma natural, la mente entiende que es momento de ir apagando luces, el organismo se repliega, las ganas se marchitan, y el cuerpo se va haciendo pequeñito para que sea más liviano el salto al otro lado.
Porque cuando ya no hay motivo para vivir, no se encuentra sentido a seguir haciéndolo, y lo mejor que se puede hacer uno es irse, -volver, realmente-, a ese lugar donde todo esto de aquí no es más que un juego de aprendizaje.
Bueno, que no quiero caer en el misticismo, y estas palabras son un recuerdo, un pequeño homenaje y un agradecimiento por los 100 años del nacimiento de un hombre que dio su vida por las montañas, que dejó un legado enorme por y para ellas y que, además, era mi padre.
¡Felices 100, Señor Faus, Papá, donde quiera que estés
