174. Filandia. Sí, sin «N»
Os confieso que cuando viajo «yo», quiero decir, para mí, sin grupos ni responsabilidades, me pasa algo curioso, y como me decía una amiga, «Hellen, parece que te apagas el cerebro».
Y es así tal cual… tan verdad, que nunca miro nada de donde voy.
Ni lo que hay para ver, ni qué hay que hacer, ni horarios, ni, -cuando me llevan-, cómo hay que llegar o incluso, ¡ni siquiera dónde está!.
Pensaréis que va en contra de mi trabajo y lo que hago, y no digo que no ![]()
Supongo que es por el efecto contrario a lo que haces a menudo, y como me dedico a organizar viajes a los demás, pensando al detalles que no falte nada importante, que todo vaya bien, que se aproveche al máximo… pues cuando estoy «de ocio» será normal eso de irse al otro extremo.
Así que sí, reconozco que me gusta sobremanera eso de llegar no sé donde, encontrarme con no sé qué, y descubrir lo que ni tenía idea que existía.
Antes, cuando había que mirar libros, revistas, guías, ir a bibliotecas o revisar enciclopedias para saber algo de algún lugar (sí, así de vieja soy
), era otra cosa, porque leer y ver fotos -malas- ya formaba parte de la imaginación y formación mental del viaje en el imaginario de cada uno.
Pero ahora que está todo tan expuesto, tan visual, tan real, con tan poco margen a la sorpresa… pues, llamadme tonta, pero lo cierto es que prefiero mil veces más llegar en blanco y pintar mi cuadro particular con lo que me encuentre por el camino. Soy rarita, no pasa nada, lo acepto.
Y entonces, cuando llego a lugares que me sorprenden (lo cierto es que casi todo me sorprende, tengo esta bonita capacidad), es como que doy la vuelta a mi propio pensamiento, y lo que siento dentro es la necesidad de hacer fotos, retratar, grabar, relatar, escribir y hablar de ese lugar para transmitirlo, darlo a conocer y provocar esas ganas de que vengáis a conocerlo, ¡¡¡porque me parece que realmente hay que hacerlo!!!
Esto mismo me ha pasado en este lugar al que parece faltarle una N, en el corazón del Eje Cafetero de Colombia.
FILANDIA.
Una población que parece sacada de un cuento de niños, donde todas, -y cuando digo todas me refiero a TODAS-, las casas están pintadas de varios colores, preciosas, monísimas, con un colorido increíble, que unido al entorno natural tan verde, tan bestia, tan frondoso, junto al olor continuado de fondo del aroma del café que te envuelve, y al ritmo alegre, musical, salsero que lleva todo Colombiano en la sangre, hace que sea simplemente DELICIOSO pasear por sus calles, detenerte en cada puerta, mirar cada balconada, cada techo, cada porche, cada Willi (los jeeps de colores) y cada personaje que, reales e increíbles, forman parte de este entorno tan alucinante.
Anoche cuando llegamos no tenía ni idea de lo dónde me traían, y las pupilas se me han dilatado al máximo, casi con incredulidad, al ver lo que hay aquí montado en medio del departament de Quimbío. Y por el día los colores y la viveza del lugar me han reforzado esto tan bonito de descubrir lo inesperado…
Y aquí que lo cuento, porque este verano tenemos precisamente montado un viaje al Eje Cafetero, y no hay mejor manera que venir yo antes a comprobar y reforzar que sí, que es un destino que realmente merece la visita
¡¡Y tanto que si!!
FILANDIA, LA SORPRESA DEL EJE CAFETERO
La gran pregunta que me ha surgido es…
¿¿¿¡¡¡Cómo habrán hecho para poner de acuerdo a todos y cada uno de los habitantes y propietarios de las casas!!!???
Porque no sólo es que estén pintadas, sino que queda bonito siendo cada una diferente, y aún más, bien cuidado: no se ve ninguna desgastada ni descuidada, descolorida ni con el barniz saltado.
Me parece lo más dificil y admirable de todo.
¿Y si aprendemos algo, así en plan, comunidades de vecinos y demás?
