Es la tercera vez que cruzo medio mundo para llegar a este recóndito lugar en medio del océano Pacífico. Pero es que en esto del mar, nunca se repite, nunca es nada igual.
Hay ocasiones que la naturaleza y los elementos te lo pintan bello, se alinean los astros y hacen que un viaje ya repetido se convierta en una experiencia excepcional.
Es mi tercera vez en Malpelo, y ésta ha sido realmente impresionante.
Podría decir que lo ha sido por todo:
- El tiempo, buenísimo
- Una navegación tranquilísima con mar plana (30 horas para llegar a la roca, mas otras 30 de vuelta por el Océano Pacífico bien abierto, pueden dar lugar a muchos cambios marítimos…)
- Una semana fondeados en agua tan calmada que parecía que estábamos en tierra; ni media ola para llegar a los puntos de inmersión, aunque fueran al otro lado de la isla, cuando los trayectos en zodiac ya son de por si aquí toda una aventura;
- Temperatura del agua de 28-30 grados, no común en este área donde las corrientes de Humboldt traen aguas más frías y las termoclinas son importantes (24 a 16 grados lo normal) y, friolera que es una, esta vez me vine con el traje seco que se ha muerto de risa y he tenido que llevar uno prestado para no morir achicharrada bajo el agua..
- Podría añadir la visibilidad estupenda del agua (tanto nutriente hace que esté muy turbia) y que salvo un par de inmersiones de «pelear» no hemos tenido corrientes de esas durísimas de Malpelo que te dejan exhausto;
- Y la fascinante vida marina de este paraíso aún salvaje que nos ha acompañado en cada inmersión (basta ver las fotos de Jorge ), el buen grupo de buceo que hemos formado con los Chilenos y el grupo nuestro, y sin dudar la excepcional compañía, guía y coordinación de Julio que lo hace todo fácil y extraordinario.
Pero como si todo eso fuera poco, Neptuno ha tenido a bien hacerme un regalo de los que son difíciles de explicar.
Quien me conoce buceando sabe que pierdo el sentido con las Águilas Raya, que Hellen desaparece y empieza a aletear como una loca cuando aparece una de estas esquivas “voladoras” de los mares por acercarme y disfrutar unos breves segundos de su presencia. Estos animales, ignoro por qué, tienen algo especial para mi, me conectan de un modo especial con el Azul, me transmiten algo diferente que ninguna otra especie marina, mucho más llamativa o espectaculares, consigue igualar.
Fijaros el significado para mi, que están en el logo de mi empresa y en mi barco, mi Kivuca, impreso en las amuras y popa.
Y aún más, tras la experiencia de catarsis de la travesía por el Pacífico, al llegar a Samoa sentí que tenía y quería hacerme un tatuaje, y tras mucho meditarlo, todo llevó a que fueran mis águilas raya, llenas de significado, las que acabarán formando parte de mi piel y de mi ser. Y no uno, si no que al final me hice dos tatoos con ellas, el primero en un tobillo, pequeñito y simbólico (no me fiaba mucho, jeje) y el segundo ya con 3 bien diferenciadas, en el otro.
Con todos estos ingredientes de este animal, me encuentro con la maravillosa sorpresa y felicidad máxima continua, que en todas y cada una de las 18 inmersiones realizadas, han estado presentes mis adoradas Eagle Rays…!!!! Algo increible que ha hecho de este viaje un TOP para mi.
Sí, claro, cruzamos medio mundo para ver los bancos de Tiburones Martillo, que ahí estaban, pero aunque me encantan esos animales y es fascinante estar ante ellos, mi corazón se va siempre hacia esta otra especie marina…
¡Cada cual con sus rarezas, oye!
Pequeñas y enormes, solas, en parejas o en grupos, a ras de superficie o a 40 metros, de frente, de abajo, rápidas o pausadas, volando en el azul, junto a las raras móviles doradas, en las estaciones de limpieza de los peces mariposa amarillos, pasando entre los enormes bancos de barracudas, pargos, jureles e incluso entre los de tiburones martillo.
Increíbles, mis amigas, en cada ocasión
Pero uno de mis mejores momentos buceando puedo asegurar que lo he tenido aquí y con ellas.
Seguí a una, que, en vez de alejarse, curiosamente comenzó a trazar círculos a mi alrededor, como si fuera ella quien observaba a este bicho tan poco ágil en su medio que era Hellen.
Yo me había separado del grupo al ir a buscarla y estaba sola, y ella, volando lentamente, sin alejarse mucho, permitiéndome aproximarme, tener de cerca esa cara tan bonita que tienen, que parece que sonríen. Pero ella también me miraba…
Mas de 15 minutos juntas, que en el agua es una barbaridad.
En tanto rato, y tantas posiciones, pude ver el patrón de su punteado (me he estado fijando estos días con tantas, y son realmente su huella dactilar) y los detalles que podrían hacer que la reconociera en otro momento.
Según veía que no me esquivaba, mi asombro iba in crescendo… si me quedaba atrás, cansada de tanto aletear a su lado (parece que no se mueven, pero no les sigues el ritmo…) me daba cuenta que cambiaba el giro para acercarse ella; si me quedaba quieta en una roca, cerraba más el círculo conmigo en el centro… era para llorar de la emoción.
Nos cruzamos varios momentos las miradas, lo aseguro, con esos ojitos tan pequeños y diferentes que tienen, y yo pensaba, me acabaría conociendo, si volviera varias veces a este punto y nos encontráramos, acabaríamos teniendo una relación “humano animal” especial, porque ese comportamiento no era normal. Estábamos ya acabando la inmersión cuando apareció, por suerte a poca profundidad, entre 14 y 8 m, con lo que el aire me daba juego, pero tanto tiempo dando aletas y respirando emocionada, ya vi que me quedaba poco. Pero ella no hacía amago de irse… y menos yo!
Pasó mucho rato hasta que apareció Jorge y luego el resto, los otros ya estaban en superficie, pero se ve que me quería solo para ella, así que fue entonces cuando ya no hizo ningún giro más hacia mi y voló lejos, mientras a mi me tocaba ascender, ya con la botella a 0 bares y el corazón tan lleno y feliz como no podría expresar jamás…
Son estos momentos que quedan para uno, en el recuerdo, en la memoria, en los sentidos… Son mágicos y especiales, se viven de dentro.
Y te preguntas el significado y la confluencia de tantos elementos.
Y cada uno le pone las palabras y las emociones que le conectan con lo vivido.
Nunca pensé que mi atracción hacia estos animales me llevaría a este punto en el que de forma física (tatuajes), emocional (lo que significan), y experiencial (lo que siento buceando en su presencia) se haya creado un vínculo tan especial y completo.
Mis águilas y yo…

Esta foto no es con «esa» águila, ya que como digo, estaba yo sola con ella. Pero fue de esos días, me la hizo Jorge en uno de los múltiples encuentros con ellas.

Esta otra sí es «ella», pero apenas se la ve. Intentaba sacar tipo «selfie» estirando el brazo atrás con la Gopro, pero nada… Misión imposible. De cualquier modo, ha quedado tan grabado en mis recuerdos, que cualquier imagen sería siempre mucho menos representativa de la realidad.