Dahab, 20 años después
La primera vez que vine a Dahab fue en 2005.
Me llevó alguien muy especial para mí, el capitán Karim Eric, uno de esos hombres de mar que parecen formar parte del paisaje y que durante años fue una referencia para muchísimos buceadores del Mar Rojo, y aún se le recuerda con cariño y nostalgia (falleció hace pocos años de un fallo cardíaco haciendo lo que más le gustaba, bucear)
Han pasado más de veinte años y todavía recuerdo aquel día perfectamente.
Desde Sharm el Sheikh salimos por una carretera que hoy costaría llamar carretera. Era poco más que una pista que atravesaba el desierto entre montañas de colores imposibles, donde la arena del desierto cubría parte de la escasa y mala calzada.
En un momento del camino vimos un rebaño de camellos. ¡Con crías cruzando por la carretera como si nada!
Casi muero de la emoción y por supuesto pedimos parar a verlos de cerca ante las risas y sonrisas de Karim y su familia…
Para los egipcios ver camellos era algo tan normal como ver ovejas en cualquier pueblo de España… ¡pero para nosotros era todo un acontecimiento!
Cuando llegamos a Dahab encontré algo muy distinto de lo que existe hoy.
Un pequeño puerto, algunos hotelitos, las tiendas típicas donde venden de todo, algún restaurante local, calles de tierra….
Y muy poca gente. Y ademas, la que había, muy local, muy auténtica, muy poco contaminada por el turismo.
Nada más.
Sin embargo tenía algo, y esa es la parte difícil de explicar.
Porque hay lugares bonitos, y luego están los lugares que tienen alma, los que se hacen especiales y dejan un tipo de huella en tu memoria.
Dahab pertenece sin duda, a esta segunda categoría. Como un pequeño pueblo de pescadores perdido entre el desierto y el mar, con una energía tranquila, relajada y auténtica que resultaba imposible no sentir.
EL MÍTICO BLUE HOLE, Y DONDE NACE EL VIENTO
Parte de la fama internacional de Dahab llegó gracias al Blue Hole.
Para quien no lo conozca, se trata de una enorme cavidad circular abierta en el arrecife, una especie de cilindro azul que desciende verticalmente hasta los 130 metros, lo que le convierte en uno de los puntos de buceo y apnea más famosos del mundo por su peculiaridad.
También uno de los que acumula más historias increíbles, y desgraciadamente tambien accidentes, no porque el lugar sea malvado, sino porque demasiadas veces los seres humanos confundimos nuestros límites con desafíos.
El viento es otro de las señas de identidad de Dahab, por su situación orográfica tan particular. Y esto unido al mar, hace que los locos del windsurf y al kitesurf lleven décadas encontrando aquí condiciones extraordinarias para su adrenalina. Cuando sopla, es una preciosidad estar tomando un café o una sisa viendo el mar salpicado de velas y cometas de colores cruzando la bahía a toda velocidad.
Esa mezcla de mar, viento, desierto y vida al aire libre ha terminado formando parte de la personalidad del lugar, que se combina con las siluetas de los camellos (dromedarios, de una joroba) una seña de identidad, un animal de trabajo y compañía, tan habituales como las cabras que andan a sus anchas por las calles de detrás del paseo.
EL DAHAB DE HOY
No he venido mucho durante estos veinte años, aún estando cerca de Sharm, a menos de 2 horas de coche. Pero es curioso, recordándolo, me he dado cuenta que casi cada una de ellas ha sido tremendamente significativas en lo referente a mi vida personal… aunque esto es algo que contaré en otros capítulos, aquí no toca 😉
Como ocurre con casi todos los lugares especiales, el mundo acabó descubriéndolo.
Donde antes había arena hoy hay una avenida pavimentada que recorre la costa.
Han aparecido decenas de alojamientos, restaurantes, cafeterías, centros de buceo, tiendas de souvenirs, de artesanía, de tatoos, alimentación…. tanto que, de hecho todo el paseo es comercial, cada metro cuadrado tiene algo que ofrecer.
Pero se ha desarrollado con cabeza, con gusto; destacan los cafés que dan al mar, cada cual con su toque especial, donde pasar horas disfrutando entre sus jarapas, cojines y decoración de lo más improvisada es pasar a formar parte del paisaje.
La actividad es constante, la oferta enorme, y cuando el bullicio no te deja andar por las calles, como estos días pasados en plena fiesta del EID con tantísimo turismo local de celebración, cuesta imaginar aquel pequeño rincón tranquilo que conocí.
Sin embargo, y a pesar de todo, Dahab sigue conservando parte de su esencia.
Todavía se respira algo diferente, algo que mezcla ambiente bohemio, viajeros, deportistas, buceadores, nómadas digitales y viejos habitantes del Sinaí.
Y animales. Es el hogar de cientos de perros y gatos libres, sin dueño, o mejor de todos, perfectamente cuidados, con controles de castración, alimentados y limpios, que pasean y conviven en absoluta paz y armonía con las personas.
Y esto imprime parte del carácter del lugar, del buen rollo, de la conciencia global, del easy flow…
Tiene un aire a la Ibiza anterior a los años noventa, cuando había más autenticidad que marketing, algo hippy, informal, sencilla y acogedora.
Ojalá consiga conservar esta magia, porque crecer es inevitable pero perder el alma no debería serlo.
PD. Rebuscando en mis blogs antiguos he encontrado el link donde escribí de este viaje y de Dahab, con las fotos antiguas, que no se amplían, pero se dejan ver…
Y aquí una de fotos actuales:

































