Curioso Descenso del Rio Don Diego
Sierra Nevada de Santa Marta de Colombia, área natural protegida.
Zona muy montañosa tremendamente verde, pura selva, con picos que se levantan sin pudor, llegando dos de ellos, el Pico Cristóbal Colón de 5.775 m y el Pico Simón Bolívar hasta los 5.800 m, lo que les convierten en las montañas más altas del mundo… al lado del mar.
-Los nombres de las cumbres serían para otro escrito, eso sí.-
Si soy sincera, venía con pocas ganas, me hice la idea que la excursión que íbamos a hacer iba sería una «turisticada», y resulto que estaba tremendamente equivocada.
No sólo ha sido una experiencia peculiar de lo más interesante y especial, si no que desde luego es un lugar que que merece mucho la pena conocer, por lo que trataré de poner mi grano de arena al respecto.
La parte más natural ha sido puramente acuática, con el río San Diego como protagonista absoluto.
La más humana, con la comunidad indígena Arhuaca y Seyrin como su referente, será objeto de otro escrito.
Una lancha bastante rudimentaria nos ha subido un tramo río arriba hasta dejarnos en una zona más amplia desde donde partía la caminata de la que hablaba anteriormente (la que hice descalza).
¿La peculiaridad?
Cada uno de nosotros iba llevando un enorme neumático negro, una goma, un flotador gigante, -como quieras llamarlo-, que nos iba a servir de «balsa» personal para el descenso por el agua.

Nos daba bastante risa y curiosidad el pensar que íbamos a subirnos «a un flotador»; incluso nos parecía hasta un tanto ridículo cuando nos lo plantearon y tal como lo vimos al llegar… pero quizá por eso la sorpresa fue bien grata.
Se me ocurren pocas formas mejores de aprovechar este recurso natural de una forma sencilla y respetuosa.
Ha sido fascinante, de hecho.
Este rio es uno de los muchos que bajan de las montañas y acaba desembocando en el Mar.
En el mismo mar en el que hemos estado buceando estos días, y que por las últimas lluvias todo lo que arrastraba consigo hacía que la visibilidad estuviera bastante turbia, pero ahora conociendo de donde venía, casi que «se lo perdono».
Lo elevado de esta orografía, lo escarpado de las montañas y tantísima vegetación, hace que el caudal llegue con mucha intensidad. Se cruzan y fusionan varios ramales, arroyos, distintas lenguas de agua tanto de superficie como subterráneas, y todo esto provoca inevitablemente un rápido movimiento de descenso, con una corriente muy fuerte.
Tan fuerte que es imposible luchar contra ella, algo que comprobamos el rato del baño relajante, donde nos ha quedado claro que somos unos auténticos peleles ahí en medio. Nadar era tarea imposible, aunque apetecía.
Nuestro esfuerzo era en asentarnos como cada cual pudiera, clavando los pies en el fondo, agarrándonos a rocas firmes o quedándonos al borde donde la corriente no pegaba con tantas ganas, porque si no, te arrastra. Incluso mantenerse de pie era complicado, andar en dirección contraria, no llegando ni a las rodillas la profundidad, suponía un gran esfuerzo, y en según qué zonas a mi me ha llegado a tirar y se hacía difícil salir. ¡Menuda fuerza la del agua!
Y como una lección de vida, tomar mejor postura que podemos tener ante cualquier cosa: entender que la diversión y aprovechamiento llegan cuando simplemente te dejas llevar, sin saber dónde, al menos la primera vez, pero confiando y respetando. Y sobre todo, sin pretender luchar contra la fuerzas ante las que no tenemos nada que hacer.
Como un inciso y un choque de contraste, una imagen que nos recuerda que no estamos solos en este mundo y que las realidades, son bien distintas. Este escenario idílico es igualmente lugar de trabajo y de sustento. Hogar de tribus que todavía mantienen su esencia. Y zona de difícil acceso, pero de grandes recursos, donde gentes sencillas y trabajadoras, con sus animales de trabajo, acceden para recolectar los frutos de la tierra para que terminen en nuestros platos, pasando por unas cadenas de intermediación obscenas.
Mientras nosotros nos bañábamos tranquilamente, ha aparecido un hombre y un mulo, con grandes sacas llenas a reventar de aguacates verdes, enormes, brillantes, que iba almacenando y acumulando a la orilla, de viajes de carga monte arriba y abajo, hasta llegar a esa cantidad que le proporcione una paga esperada.
No sabemos agradecer la vida que tenemos. O quizá no sepamos que hay otras que necesitan mucho menos y puede que tengan bastantes menos problemas que nosotros.
Pero volviendo a nuestros momentos lúdicos y de ocio, nos subimos al donuts gigante, con el culo hundido y bien mojado, y las indicaciones de estar atentos a las zonas más bajas para levantarlo a tiempo y no no darse buen golpe con las piedras.
A partir de aquí, no hay más tarea que dejarnos llevar y arrastrar río abajo por la corriente.
Nuestra única ayuda, los brazos por fuera de la goma, haciendo de timones con más o menos éxito para tratar de evitar encallar, chocar con alguna piedra más gorda o tragarnos las ramas que salpican las orillas.
Y a disfrutar.
El Don Diego, se hace aún más fuerte al incorporarse a su cauce el Don Dieguito, un ramal de agua menos fría por llegar de montañas más bajas, mientras que el principal baja unos grados la temperatura y se nota el contraste, ya que su origen es en las cumbres con nieve y hielo.
Caudal de agua limpia en todo momento, fresca, lo más pura que puedes imaginar.
Discurriendo a ratos en total calma y de repente se envalentona y se revuelve en algunos rápidos que nos meneaban más divertido (pero nada que preocupar) hasta volver al retomar el ritmo suave, rápido, pero tranquilo, sin pausa, pero de forma dulce.
En todo momento sobre nuestras cabezas en movimiento, un techado de altísimas copas, aves de todo tipo, algún mono aullador que se dejaba escuchar pero no ver.
Naturaleza pura, sonidos, paz, calma….
Ni siquiera el tronar fuerte amenazando tormenta, a lo lejos, pero amenazando acercarse, alteraba ese equilibrio.
De nuevo, una experiencia de total conexión con la Pachamama, la Madre Naturaleza.
No terminaba, no se hacía largo sin embargo, pero sorprendía que lo que habíamos hecho rápido en un corto recorrido en lancha, y apenas 30 minutos a pie bordeando el río, nos llevara tanto rato flotando a su merced.
Pero daba igual.
Simplemente delicioso.
Una auténtica maravilla poder ser espectadores de semejante espectáculo tan poco conocido, tan salvaje.
Una hora y media en el agua, cada cual con su flotador, moviendo brazos y piernas para mantenernos lo más al medio que nos permitiera, aunque todos hemos pasado por la orilla, chocado con ramas de árboles que casi entran en el agua, con algún tronco, necesitando de esfuerzo para dirigirnos y no quedar estancados en algún remanso… Dando vueltas, porque tan pronto vas con los pies por delante como de espaldas, el cauce es caprichoso con nosotros y juega a mostrarnos nuestra nimiedad…
Algún grito de entusiasmo o sustito, pequeñas y fugaces conversaciones en los momentos que las aguas nos acercaban más a alguno de nosotros; cambios inexplicables de velocidad, adelantabas, frenabas, quedabas solo o más en grupo…
Pero en todo momento, un contacto real, personal y único con esa parte del planeta Tierra que aún tiene mucho que mostrarnos, enseñarnos y revelarnos.
Podríamos haber seguido otro tanto más y terminar en nuestro mar, ese mar que tan buenas inmersiones nos ha dado, pero hoy tocaba parar antes y agradecer estos momentos que son como una auténtico regalo para el alma y los sentidos.
Hay pocas fotos, porque por razones obvias nadie llevó el móvil y a mi no se me ocurrió pillar la Gopro. Pero, ¿sabéis que os digo? Que lo he agradecido, porque habría estado más pendiente de grabar, hacer fotos, e inmortalizar, y habría dejado de vivir directamente cosas que al final se quedan para uno y que ninguna imagen puede ser capaz de transmitir.
Queden estas palabras tan acertadas de mi amigo Xavi Clotxa que creo que no podría expresarse mejor…






























