Despedirse de un barco
Mi última navegación con el Kivuca
Fue el sábado 4 de abril del 26 y era una despedida. A eso de las 11,30 h entrando a puerto, cuando la proa estaba justo entre las luces Roja y Verde de la bocana rumbo a su amarre, me di cuenta que era la última vez que entraríamos a puerto como armadora y su querido velero.

Tan solo un rato después de esta prueba de mar, se confirmaba la venta y el traspaso, y el Brisa 40 pasaba a manos de otro armador, de una familia con ilusión y muchas ganas de disfrutarlo.
Ahí entendí que terminaba una etapa muy importante de mi vida, y me sentí un poco «huérfana».
Por primera vez desde el 2011, no tengo barco, no soy armadora, no cuento con un apéndice náutico que une mi «ser persona» con mi «ser acuático» a través de un cascarón donde sentirse una en el azul.
Es una sensación extraña, que aunque madurada durante bastantes meses y segura y convencida de que tiene que ser así por las circunstancias particulares de mi vida, aún teniéndolo tan claro, siendo tan sensato, pensado e interiorizado, no deja de ser un pellizquito al corazón, una pérdida, unas lágrimas que caen y un duelo que pasar.

Realmente la despedida consciente ha sido en fases. Sin saberlo, sin darme cuenta, como para hacerme a la idea y que no fuera tan drástico.
Para tener muchos momentos distintos como recuero del último.
¡Y tan bonitos!
La primera fue una tarde, a última hora, tras arreglar muchas cosas, casi al ponerse el sol, de forma improvisada, mar plato, sin viento… un atardecer bonito, con frío, pero con ganas…
Se despedía el sol y me despedía yo, nuestro ultimo atardecer…

Pero la de verdad, la que se entiende como la mejor despedida que se puede hacer de un barco, fue hace un par de semanas, el 22 de marzo. Escribí de ello en mi newsletter diaria (SILENCIO, SE NAVEGA, lo titulé), pero no explique nada del sentido más profundo que tenía, porque hace tiempo que he aprendido a no hablar de lo que todavía no esta confirmado o es real.
Salimos a navegar sin esperar mucho del día, y nos encontramos con un día de navegación de estos absolutamente gloriosos, de los de disfrutar, maravillarse de lo que es ir a vela, surcar el mar y las olas con la fuerza del viento, un fuerte viento, en el límite de llegar a ser demasiado, pero siendo lo justo para movernos con una alegría absoluta, llevando el barco a lo máximo, con sol, buena temperatura aunque fresco, buena mar aunque con olas…
El Kivuca, dándolo todo con esa elegancia, ese romper la ola, ese dejar una estela mágica, perfecta, increíble a la popa, mientras la proa marca el rumbo con soltura, y nosotros, agradeciendo el estar en un barco tan noble, tan marinero, tan estable, tan bonito, y tan increíble.
Pareciera que el día se puso de acuerdo con el Universo para regalarme (regalarnos, fuimos los los que tantas veces hemos disfrutado juntos en su regazo) ese «último día de navegación» de los de libro. Y quizá fuera así, ya sabéis que no creo en las casualidades.
LAS COSAS QUE NO SON SOLO COSAS
También es despedida y hacerse a la idea de forma lenta y aposentada, durante unas semanas y de forma espaciada el momento dejar el barco limpio y vacío de las cosas personales.
Abrir cajones, tambuchos, cofres, cajas, armarios, e ir desembarcando todo lo que durante los años ha sido equipamiento náutico, comodidad, recursos.
Detalles, útiles, tonterías, esenciales.
Bolsas, cajas y paquetes que ahora hay que recolocar y ver qué se hace con todo, porque al no ser un cambio de barco, hay elementos que en tierra no tienen utilidad, y hay que pensar qué hacer con ello. Pero eso, poco a poco, no es el momento, todo llegará.
Es todo un proceso ese del vaciar: con cada cosa que aparece es inevitable el recuerdo de algo que te trae. Cuando se compró, con quién, dónde y cómo se utilizó o para lo que se pensaba utilizar o si nunca se hizo…
Cada vez que tomaba uno de esos objetos en la mano, mirarlo, pensarlo, darle forma, sentido, decidir si será útil en casa, si decoración, si regalo, si hay que vender o tirar.
Así una y otra vez durante los días que a ratos iba pasando dentro del Kivuca, desnudándole de su «ser de Hellen», quitándole poquito a poco esos trocitos del alma que habíamos construido juntas, para convertirse en algo aséptico, listo para recibir una vida nueva de un barco que será de alguien totalmente distinto a mi y construirá un nuevo mundo entre sus cuadernas de fibra y madera.
Todo eso va acompañado de un proceso interno, mental, emocional. Que no se nota mucho en el momento, en los continuos viajes cargada, ida y vuelta, del pantalán al coche, y luego al trastero, o casa, y vuelta a empezar…
Pero han dejado un poso.
Porque nada en esta vida es tan ajeno a nosotros como para que no tenga mucho para mostrarnos.
Así, descarnándole, navegando y entregándolo fue mi gran despedida del que ha sido mi compañero de vida desde diciembre del 2018 en que entró a formar parte de mi corazón.

LOS MENSAJES Y LOS SIGNIFICADOS
Quizá no lo entendáis, pero un velero que es mucho más que «un barco» «una cosa». De alguna manera, son como seres con algún tipo de alma que se fusionan con la del armador, y se sienten de una forma especial, como parte de uno mismo. Sé que eso chirría a muchos, pero es algo que compartimos la gran mayoría de los que tenemos barco.
De hecho, en mi caso puedo decir que hemos compartido mucho, muchísimo, y no en los estrictamente náutico… Si hablara, podría contar demasiado, así que mejor que sea nuestro secreto, nuestra confidencia.
Y no son sólo historias de mar, que hay muchas, son historias de vida, de mi vida, la de Hellen, porque en estos 7 años y poco en que hemos estado mano a mano, este barco y yo hemos tenido un vínculo muy estrecho que entrelazaba, unía, tensionaba, separaba y enfrentaba las relaciones y situaciones que a mi alrededor se fueron entretejiendo y que fueron tan complicadas, tan duras y tantos revolcones me dieron.
No me había dado cuenta hasta hoy mismo, pero este barco ha ido a la par «desde que empezó todo hasta que terminó del todo».
Los mismos 7 años de mi ciclo vital en que mi vida se puso patas arriba, todo cambió y todo tuvo que comenzar de cero, resulta que son los que hemos pasado juntos.
Llegó a mi vida, sin buscarlo, a finales del 2018, un par de meses después del gran tsunami vital que atravesé y que duraría muchos años.
Hasta marzo del 2019 no se acabaron los arreglos y la puesta a punto, y en ese momento hicimos nuestra primera singladura juntos con el traslado desde Barcelona hasta a mi puerto base en Benicarló, y desde entonces creando nuestra historia.
Con el paso de los años, se generó esa confianza, nos hicimos fuertes, me sostuvo, me acogió, me aguantó, me dio enormes satisfacciones…
He reído, he llorado, he compartido, he gritado, he amado, he rabiado, he gozado y he agradecido tanto en esos pequeños metros cuadrados que dan tanta amplitud, tanta libertad, tanta felicidad…
Es como si hubiera aparecido en un momento en que necesitaba un aliado, un confidente, un apoyo, una referencia, un refugio, una tierra firme (aunque fuera en movimiento sobre el agua) ya que el suelo bajo mis pies se había desmoronado y no sabía donde agarrarme.
«El barco» fue un punto de batalla intensa y casi moneda de cambio, chantajes y peleas durante los años de la separación, divorcio y crisis… lo he luchado, lo he defendido, lo he mimado y lo he cuidado porque no era «un barco», si no era «mi barco» y renunciar a él hubiera sido renunciar a parte de mi. Una vez todo arreglado, le cambié el nombre, era necesario, fue entonces cuando se llamó cambiar «Kivuca» que era ya el refuerzo real y consistente de que velero y persona éramos una unidad.
Y llega marzo de 2026, 7 años más tarde, cuando las etapas han terminado, cuando esos capítulos tan intensos de mi vida se han ido acabando, quedando atrás en el libro de mi historia, que se ha quedado con ellos. En el momento en que la «reconstrucción post tsunami» ya terminó, hasta el punto punto en que nadie diría que pasó algo durante este tiempo, dice que llegó el momento de despedirse.
Es curioso, muy curioso.
Y yo que soy de simbología no puedo dejar de asombrarme, la verdad.
Parece como que ahora, con todo está en orden, en paz, en calma, cuando todo quedó atrás, tan olvidado que hasta lo recuerdo con agradecimiento por todo lo bueno que trajo tanto descalabro, es como si dijera, «Misión cumplida, Hellen, mi trabajo a tu lado ha terminado, me despido y me voy».
UAU

Así que sí.
El increíble velero Brisa 40 que se llamó Belinda, que se llamó Kivuca, ahora tendrá otro nombre y otros rumbos que tomar.
Nuestra historia, la que construimos juntos, terminó. Como todo lo bueno, que siempre tiene un final.
Han caído lagrimitas, está claro, me ha costado aunque sabía que era el momento
Y hoy, al escribir todo esto estoy siendo consciente de lo realmente bonita que ha sido nuestra historia.
Al contarlo en el grupo de Whatsapp de Capitanes, donde tanto he aprendido, compartido y participado, uno de los capitanes, Peix Blanc, a quien ni siquiera conozco en persona, me hizo un enorme regalo: esta canción dedicada al Kivuca, a mi, a nuestra relación y nuestra despedida. No puede ser más perfecta. Son 4 minutos mágicos.
Adios Kivuca, no te vas porque te quedas.
No desapareces porque sigues en mi, porque Kivuca soy yo, y ya no eres ese barco, pero sí parte de mi.
Gracias.
⛵️

NOTA POSTERIOR:
Unos días despues, un amigo, escritor y bellísima persona escribió en un periódico donde colabora su despedida al Kivuca y su experiencia de navegar conmigo alguna vez. No es marino ni marinero, por eso recomiéndo, mas que nada su lectura. Incluso si te gusta el mar, lo gozarás. Para enmarcar.
Querida Hellen, siento tu pérdida. Aunque tocara y fuera el momento, todo lo que o quien se va, siempre nos produce muchísima tristeza. No sé que educación hemos recibido o qué llevamos congénito en nuestro ser que nos apegamos, tal vez demasiado, a las personas y las cosas. Los muy creyentes, de variadas religiones, no sufren tanto porque piensan que hay un mas allá y otra vida mejor. Yo, por desgracia, perdí el Don de la Fé y me encuentro en ese limbo medio agnóstico, donde me falta un agarre al que aferrarme.. Cuando era joven y creía en Dios a piés juntillas, era más feliz…..
La canción es preciosa!
Por cierto, el email de ayer que fue un perdón descarnado y a corazón abierto, fue una muestra más de tu sinceridad, valentía y bondad.
Un abrazo
Gracias Pituka.
lo has clavado, nos aferramos, nos aferramos, nos aferramos…
Pero bueno, tambien tiene su parte buena, bonita, tiene su aquel cuando disfrutamos y nos fusionamos con aquello a lo que nos apegamos.
El que no sea demasiado y no sea un trauma desprendernos, ya es nuestro trabajo.
De las creencias, la fe, las religiones… ya hablaremos algún día. Yo tengo mis certezas, ya no son creencias siquiera.
Y de lo del mail del perdón.. bueno… hay veces que nos sentimos basurita, y aunque nada lo cure, el verbalizarlo como que airea un poco el olor que queda dentro cuando no se ventila….
Bonito fin de una historia.
Fui marinero de la Armada 40 años y cuando me jubilé compré mi primer velero. Voy por el 4° y con cada uno he desarrollado una relación muy especial como te ocurre con tu barco.
Cada uno es como un amigo en quien confías, que a veces se porta mal y luego resulta que ha sido por tú imprudencia.
Te he leído en tus comienzos en LTP y es toda una odisea.
Sea cual sea tu destino me alegro de saber que hay gente como tú en el mundo.
Hola Paco, muchas gravias por tus palabras, cuánto tienen de verdad… Los barcos tienen eso… Eso que sólo entendemos los que hemos tratado con ellos, en las alegrias y cuando les patearíamos, y que como bien dices, casi siempre es culpa nuestra. Pero es parte de su gracia. Para mi fue mi segundo barco, el primero le quise mucho, fue mi iniciación, pero como quedó en tan buenas manos y pasé a este directamente (tanto que estuve un par de meses con los dos a la vez), no lo sufrí tanto. La ilusión del nuevo mitigó la tristeza del que se iba. Pero sé que habrá un tercero. No se cuando ni cómo, pero llegará, lo tengo claro. Todo tiene su momento.
Si, todos mis inicios y primeras aventuras están relatadas casi que en directo en LTP, ese foro fue un lugar mágico para mi… y ahora que lo pienso, creo que volveré a decir algo, porque es de justicia 🙂
Un abrazo y ojalá nos crucemos en el Azul en cualquier momento.
“Vientos favorables y mares en calma” para Kivuca. Te abrazo, amiga.
Muchas gracias, de corazón, Ana.
¿Te has dado cuenta que tu mail habla de esto que tanto me gusta?? A NAVEGA….
Abrazote!!!
No son como si tuvieran algo como alma. Ya lo dijo Moitessier: Quien no sabe que un velero es un ser vivo es que no sabe nada del mar ni de los barcos. Y tú y yo sabemos. Se acerca el momento de que siga tus pasos Hellen, pero en mi caso será una amputación, sin ilusiones posteriores. Tú seguirás en el mar y yo te seguiré desde tierra. Grave responsabilidad te dejo Hellen, mujer de mar, fuerte donde las haya
Uau,Jose Manuel… las ilusiones nunca han de perderse. Nunca. Hay otras formas, hay otros medios, hay otras vías de vivir el mar, de sentir el mar, de hacerse a la mar, de ser mar… Los que somos salitre, más agua que tierra, más líquido que sólido, nunca perdemos el corazón AZUL…
Asi que desde tierra, el mar, la MAR, siempre, siempre estará en tu alma, en tu corazón de navegante, en tu ser marino…
Hola Kivuca, comparto contigo las misma emociones y sentimientos, sigo entrando a diario en «La Taberna», es mi forma de seguir navegando y es que va para casi dos años cuando me despedí de mi MACAREU (Puma 29), salio de Coruña con rumbo a Cádiz, cuando lo vi partir se me destrozo el alma, llore como si se fuera el ser más querido, por eso te digo que comparto los sentimientos y emociones,nunca me había pasado eso cuando me despedía de mis otros barcos, sigo en tierra y espero volver a navegar, no se cuando tendré otro velero, no encuentro uno que me enamore.
Un abrazo,
Cómo te entiendo, Juan Carlos… creamos un vínculo extraños con unos artilugios aparentemente materiales. Pero nosotros sabemos que no lo son.
Mira, te invito a leer lo que ha escrito un amigo mío que navegó y compartió conmigo el Kivuca… es precioso.
El mar no entiende de finales
Ya verás, cualquier día, cuando menos lo esperes, aparecerá ese otro velero que entrará directo a tu corazón para llenarlo de salitre…
Ya me lo contarás!
PD. Creo que voy a volver a ser asidua a La Taberna, si no tengo velero físico, la virtualidad cubre bastante jeje
Hermoso lo escrito por tú amigo Juan Carlos, para mi no llego tarde, llego como el viento, cuando menos te lo esperas ahí está y te da la libertad que sientes cuando las velas están portando y cuando arribas a un puerto partes para otro por que como dice tú amigo Juan Carlos » el mar no entiende de finales».
Llegará algún día y notaré otra vez la Libertad.
Vuelve a la taberna sería bueno volver a leerte.
Un abrazo
Volveré… bueno, nunca me fui, es como del mar.. uno no deja de ser parte… 🙂
Buenos dias Hellen.
Me han emocionado tus palabras, ha sido muy bonito.
Soy muy nuevo en este mundo, acabo de sacar el Per y espero que en breve el Patrón de Yate.
Espero algún día poder tener mi «Kivuca» y disfrutarlo y sentirlo como tu !!!!!
Pues mi más cordial enhorabuena, Pelayo, has entrado en un mundo maravilloso que te va a conquistar cada día un poquito más. Los barcos y la mar, son vida de verdad…
Tendrás tu barco y lo sentirás parte de ti.
¡Espero que me lo cuentes!
Muchas gracias :))
Preciosa despedida, tuve el honor de navegar en el en un par de ocasiones, una de ellas varios días en regata y entiendo perfectamente tu sentir y comparto lo de que tienen alma.
Todos los que hemos sido armadores lo hemos comprobado en un momento u otro.
Pero hay que soltar y dejar ir y aceptar la impermanencia de todo.
Le deseo una buena proa y que siga haciendo muchas millas!!
Un abrazo grande
Es verdad, Pepa, la primera travesía con él en la regata Nocturna… fue muy especial!
Abrazote!!!