El EGO y los niños
Esta semana pasada en el safari de buceo he hecho algo muy novedoso para mi.
Todas mis inmersiones llevaba dos niños (12 y 14 años) pegaditos a mis aletas.
Nunca he querido ser instructora de buceo, me quedé en Dive Master, porque cuando lo hice me tocó hacer tanto de «instructora» que me di cuenta que no es lo que me apetecía para bucear.
Que, si, que yo enseño a quien quiera lo que pueda aprender de mi con todo gusto, pero no quiero tener ese papel por obligación.
Es dificil de explicar, pero bueno, son mis cosas.
El caso es que yo buceo con cualquiera que tenga un nivel mínimo para que se apañe bajo el agua y ahí si, trataré de que aprenda lo máximo y ofrezco toda mi experiencia, trucos y conocimientos para ello.
Al fin y al cabo, me he dedicado muchos años a la enseñanza y es algo que me nace y no se me daba mal del todo en mis tiempos de profesora de mil y una asignaturas.
Por eso cuando vi a estos dos críos que buceaban bien, en medio de un grupo enorme muchísimo peor que ellos, quise sacarles de ahí.
Ir con todos les iba a obligar a disfrutar poco de las inmersiones, hacerlas muy cortas y que nadie les prestase atención, y lo de mejorar entre complicado y nulo.
Así que me ofrecí a llevarlos yo.
Sus padres me lo habían insinuado antes, pero me hice la longuis hasta ver cómo iban, porque como digo, no asumo responsabilidades que no me corresponden.
Y lo he disfrutado.
Avi el chaval y Avina, la niña, son un amor.
Son Indios, indios de la India, del sureste, aunque viven en Sudáfrica.
He conectado mucho con la familia, especialmente con sus padres, hemos hablado mucho y será una relación a mantener.
Y ellos eran mi sombra bajo el agua.
Me ha sorprendido porque no se despegaban de mi, sin estar pegados a lo lapa; me miraban con atención, todo lo que les iba enseñando lo agradecían con admiración y emocionados; cuando les indicaba cualquier cosa, lo seguían a rajatabla y fuera del agua las cositas que les he explicado para mejorar su flotabilidad, consumo, aleteo o lo que veía que necesitaban hacer de otra forma, me escuchaban y la siguiente vez en el agua me daba cuenta como se esforzaban para hacerlo.
Sus inmersiones han sido bien buenas. Excepcionales algunas, con encuentros increíbles.
No es por tirarme faroles, pero claro, los otros iban 10-12 personas con un guía que bastante tenía en que no se les fueran para arriba, para el fondo, en las corrientes y acabaran cada inmersión bien….
Nosotros íbamos los 3, a nuestro aire, por donde no había nadie, evitando los sitios peores, buscando los mejores, aprovechando lo que conozco de cada punto de buceo.
Los que me conocéis buceando ya sabéis de lo que hablo.
Y eso, inevitablemente siempre es mejor.
Así que…
- Los padres, encantados.
- Los niños, disfrutando.
- Y yo, he aprendido un montón.
Ha sido para mi una gran enseñanza, porque hay cosas que con el paso de los años, se nos van olvidando, perdemos de vista y dejamos a un lado.
Me he dado cuenta, o más bien recordado, cómo de niños somos esponjas no condicionadas.
Que el EGO, el orgullo, todo lo que nos va contaminando al crecer, no afecta todavía y por eso se puede aprovechar más todo.
Que la mirada limpia les lleva a observar y absorber todo de forma positiva, creativa, no condicionada.
Buceo con mucha gente a lo largo de mi vida. Mi actitud en el agua (y fuera de ella, pero en el agua me sale de otra forma) es la de compartir todo lo que sé, lo que conozco; me salen solas las ganas de que vibren con lo que me hace vibrar a mi.
Tengo la mala costumbre de pensar que lo que a mi me gusta tiene que gustar a los demás, y por eso trato de contagiarlo. A veces es bueno para el otro, pero otras soy un puto coñazo, supongo.
Y con adultos muchas veces me encuentro las trabas.
Que si no vas por donde los demás… que si no haces las cosas como otros … que si no es por aquí … que si por qué tal o pascual…
O que no se emocionen con lo que yo sí, o que diga mil veces cómo hacer algo porque sé que es lo mejor y pasan de aprenderlo o mejorar, o…
Bueno, todas esas cosas que ya os imagináis porque cada uno las vivimos en nuestra piel y entorno.
Y yo, que soy bastante «a mi manera», que sé lo que sé, también lo que no sé y que me toca las narices ir en masa, seguir lo que no lleva a nada, perder oportunidades y no aprovechar al máximo cada momento o situación de lo que sea, me llego a cabrear y pensar que hagan lo que les de la gana, que quien pierden son ellos, al final, yo sigo mi línea.
Al final, me canso y me digo, oye, que no tengo necesidad de enseñar nada a nadie, que todos somos mayorcitos.
Pero entonces, llegan estos dos micos (que de micos nada, más altos que yo, aunque para eso hace falta poco, jajajaja) y me enseñan esa cara tan bonita de la inocencia, del libro en blanco abierto, del no juzgar y sólo recibir, del admirar y ver todo lo que el que tienes delante sabe más que tú y puedes aprender…
Y me ha resultado un ejercicio precioso de entendimiento de los comportamientos humanos, eso que tanto me gusta.
Los míos y los ajenos.
Cómo actuamos cuando son vírgenes (los comportamientos) y comparar con la evolución que nos da la edad y lo que vivimos o experimentamos.
El EGO… ese ego que vamos construyendo…
Es necesario, pero también nos putea.
Se crea para defendernos, pero demasiadas veces se pasa de frenada, y pensando que nos protege, llega a hacer todo lo contrario… en los extremos hasta dañarnos; en el medio, no sacar lo mejor de nosotros.
Es bueno volver a la niñez para limpiarnos los ojos y vernos sin ese escudo que no siempre es necesario aunque lo llevamos puesto siempre.
Gracias chicos, aunque no lo sabéis, yo he aprendido mucho más que vosotros esta semana.