Hace tiempo que la imagen física no es algo que me preocupe demasiado.
Bastante sufrí ya de cría siendo una niña «gordita», y gracias a mi carácter y forma de ser, los disgustos no pasaron de tal y nunca he estado acomplejada, pese a que esta sociedad en que vivimos no lo pone nada fácil para los no delgaditos.
Pero aún así, siempre digo que mis mayores «traumas» de infancia vienen de bien pequeña y por temas alimentarios.
Con 10 años mi madre ya empezó a controlarme las comidas, no hacía régimen propiamente dicho, pero ya sabía que yo no podía merendar un bocata de Nocilla o de chocolate, como tanto me gustaba y hacían mis amigas.
Empecé a tener ese sentido de culpabilidad, y a subirme a escondidas al taburete para llegar donde estaban camufladas las tabletas de chocolate tan exquisito que mi padre traía en abundancia de sus viajes de montaña a Suiza.
Descubrí las formas de hacerme la escurridiza y llegar a la nevera sin que nadie me viera, para dar cuenta de esas delicias que si tomaba en la mesa cómo me gustaría, recibiría la mirada reprobatoria o el terrible «ya basta, Hellen»…
Y como todos, tengo esos recuerdos de momentos que se te quedan especialmente grabados y que siempre tienen un significado.
HUEVOS FRITOS
Algo que me quedó grabado a fuego fue la mirada de «no me lo puedo creer» de la madre de una amiga mía, Cristina.
Teníamos 12 años, y después del cole, casi siempre íbamos a su casa. Eran la tira de hermanos, 11 si no mal recuerdo, ella la pequeña, y era la casa de los sueños de cualquier crío -y adulto, me atrevería a añadir-, donde todo se permitía y la gente era súper divertida, liberal y espontánea. Una tarde que estábamos en la cocina con su madre y varios de sus hermanos, hablanodo de cocinillas, salieron los huevos fritos a relucir…
– ¿Qué no sabes hacer un huevo frito, Hellen? – me preguntó alguien algo sorprendido… como si una cría de 12 años tuviera que saber hacerlo, en mi caso me parecía raro, pero, ¡¡eran tan especiales en esta casa, que seguro que Cristina sabía!!
– No. No se… nunca he hecho… en casa cocina mi madre.
– ¿No? Pues ahora mismo vamos a hacer unos, para que aprendas…
– Es que… no puedo comerlos.
– ¿No puedes comer huevos fritos? ¿Por qué, te dan alergia?
– No… ENGORDAN
Se creó un silencio lapidario a mi alrededor y noté como varios pares de ojos me miraban como si de repente hubiera mutado a color verde Hulk… Hasta que de repente, empezaron todos a hablar y decirme cosas…
– ¡Pero…. ¿¿¿cómo que engordan???
– ¡¡!Que eres una niña!!!
– ¿¿Cómo te preocupas por eso ahora???
-¡¡Tú come lo que te apetezca, disfruta!!!
– ¡Estás en pleno crecimiento!
– Ya adelgazarás cuando seas más mayor!!
Sentí que toda esa gente reprobaba que no comiera algo por la presión del engordar, ¿que era una niña gordita? Vale, pero eso no tenía ninguna importancia para ellos, tampoco era obesa, ni nada fuera de orden como para vivir tan preocupada a esos años… Me estuvieron hablando de estas cosas, y me daban ganas de llorar…
¡¡Y acabé comiéndome un par de huevos fritos, maravillosamente hechos, con su pan para mojar, que me relamía y se convirtió en la merienda que con más cariño recuerdo de mi vida!!!!
«ESTÁS DESPROPORCIONADA»
Totalmente distinta fue otra experiencia que no olvido.
Estaba en 7º de EGB y tocaba la dichosa revisión médica que todos los años hacía ronda escolar. Era divertido porque cuando te tocaba, perdías clase, pero para las que teníamos sobrepeso, eso de subirnos a la báscula delante de todos, era un tanto vergonzante.
Yo de todas formas, dentro de lo malo, no lo llevaba mal del todo, como digo, mi forma de ser, ha hecho mucho.
Estábamos en clase de Lengua con la Señorita Marisa.
No me caía muy bien, la verdad. Era muy borde.
Tenía 2 hijas en el cole, María iba a mi mismo curso pero en otra clase (la C), y Marta un año mayor que nosotras. Eran gorditas también, de buen año, aunque algo más altas que yo.
Nos tocaba salir para la segunda tanda de las revisiones, a las 10 últimas, y cuando estoy ya por la puerta, me llama…
– ¡Helena! – en el cole me llamaban Helena
– ¿Si?
– ¿Cuánto mides?
– 148
– Y ¿cuanto pesas?
Ahí me quedé un tanto helada… ¿y qué le importa? Pero como era una profesora, había que responder
– Ummmm…. 51 kilos – (seguro que eran más, pero me daba vergüenza decirlo en voz alta)
– ESTÁS DESPROPORCIONADA. Ale, vete a la revisión
Me quedé helada… ¿a qué coño venía eso?
Pero mi geniacho no se quedó parado y le contesté antes de cerrar la puerta detrás de mí, no con portazo, pero con energía..
– Si. Como Marta y María, tus hijas.
Hay que ser imbécil y muy poco considerado, para, ser profesor, y delante de toda una clase, hacer y decir algo así.
Menudo cabreo me pillé y cómo la pusimos a parir durante todo el recorrido hasta la sala de la revisión.
El caso es que he vivido a régimen desde los 12 o 13 años, y es algo que me ha perseguido muchíiiisimos años.