El reloj de Cuco.
Adoro el sonido de un reloj de Cuco.
Esta tarde me ha llamado alguien a contarme cosas (si, de este tema), y de repente, he escuchado por detrás ese sonido tan, tan familiar para mi. No he dicho nada, seguía escuchando la animada conversación, pero de fondo, Cu-Cu, Cu-Cu… hasta siete veces. Bien. Estaba en hora.
He visto, sin ver, como de esa casita de madera, pintada con colores vivos gencianas, edelweiss y otras flores alpinas, se abría una ventanita justo debajo del pico del tejado, y ahí, curioso, aparecía un pajarito pequeño, con el pico abierto.
Y como si de verdad fuera él el que cantase, ese «cu cu – cu cu – cu cu» me ha envuelto en una sensación muy bonita de infancia y adolescencia, porque siempre ha habido un Cucu en la casa Faus Gallejones, era uno más de nuestra pequeña familia.
Sí, estoy pesadita estos días, pero parece que todo va de esto. Ya sabéis, cuando uno está con un brazo roto, sólo ve gente con escayolas por la calle…
Pero ese Cuco era de verdad, e inevitablemente, creo que vosotros mismos vais a terminar la frase que voy a escribir, me ha llevado a recordar el Cuco que de niña escuchaba cantando todas las horas.
Había otro sonido que formaba el tandem, no era uno solo, era un combinado…
Ese riiiisssss – rasssssss del movimiento de las cadenas que colgaban de su parte baja, al final de las cuales unas pesadas piñas de hierro hacían contrapeso y con las que había que dar cuerda cada día para que nuestro pajarito no dejara de marcar la hora y pudieraser puntual a sus horarios.
Lo hacían mi madre o mi padre, indistintamente, de mi no se fiaban mucho, porque tenía su aquel y más de una vez que lo intenté salieron las piñas dando botes por el suelo dejando unas marcas en el parquet que no hacían ninguna gracia,
Ahora me pregunto donde habrá quedado ese Cuco que recuerdo, porque con tanto trasiego y traslados familiares, no visualizo con claridad si después del hotel y Jaca llegó a estar en casa de mis padres en Zaragoza.
Yo sí que tuve un Cuco en Zaragoza, hace unos años. No tenía cadena, era moderno aunque queriendo parecer antiguo. Me empeñé en comprarlo en Zermatt, aunque era más caro que en Ginebra o cualquier otro sitio por los que pasábamos, pero es que la pequeña ciudad suiza de mis sueños, bajo la sombra del Cervino, ese enero que la nieve salía por las orejas, era «el sitio» para comprarlo. No valía otro.
Era un reloj de Cuco de los actuales, no muy grande, tampoco tenía nada muy especial, normalito, simplemente estaba bien, era un Cuco y hacía su papel. Los que me gustaban valían un dineral que no podía pagar y este, al fin y al cabo, era un Cuco, me valía.
Tampoco lo conservo, aunque era muy mío «se quedó» entre las mil cosas cosas que se van fruto de un divorcio mal arreglado, pero la verdad que tampoco lloro por él, no me importaba tanto, no era «de solera» ni tenía historia detrás… En cualquier momento podría conseguir uno tal cual y más bonito sin dificultad.
(De hecho… creo que voy a empezar a buscar alguno, ahora que lo pienso… 🤔)
Escucharlo, hoy, mientras esa persona me hablaba de cosas de montaña de mi padre, de mi familia (¿quien si no va a tener un reloj de Cuco cantando las 20 h si no viene de este ambiente?) me ha puesto otra sonrisa de las largas.
Y es que estos días están siendo muy extraños.
Está saliendo gente por todas partes, de verdad que el alcance de las redes es realmente importante cuando focalizas en el lugar oportuno…
Amigos de la familia, compañeros de expediciones, hijos, nieto y otros familiares de amigos que siempre han oído hablar de los Faus, conocidos de los amigos..
Gente que estuvo en el Hotel Faus Hütte, que disfrutaron de la flauta y los triolariros de mi padre en las excursiones que él guiaba, que recuerdan aún salivando los asados de mi madre…
Que han encontrado una dedicatoria en uno de sus libros, me cuentan cuando compartieron algo o simplemente están disfrutando con esta historias y contra historias que se van sucediendo,
También me llegan lamentaciones, miedos a perder cosas cuando uno falte, admiración por objetos emblemáticos de históricos que dejaron sus piezas en Clubs, Museos, Centros Deportivos, como los piolets de mi padre en Peñalara.
Estoy recibiendo tantas muestras de afecto, de admiración, de reconocimiento por eso de haber «destapado» recuerdos olvidados, que me pregunto…
¿¿POR QUÉ NARICES TENDREMOS QUE ESPERAR A QUE LA GENTE MUERA PARA QUE HAYA QUE RECORDARLA Y VALORARLA CON TANTO CARIÑO??
Siempre he dicho que los últimos años de mi padre fueron muy tristes.
Él no se daba cuenta de nada.
O precisamente porque no quería darse cuenta, dejó que su cabeza se perdiera no se sabe donde.
Fueron muchas cosas las que llevaron a eso en las que no voy a entrar, o al menos no hoy, desde luego. Pero cuando ves que alguien es apreciado, querido, valorado y sin embargo alrededor pasan ciertas cosas, justo cuando quizá más falta hace…a mi se me revuelve todo.
Y además, cuando ves que la historia se repite en otras personas con similares características, (porque son las que llaman más la atención, aunque pasa en todo)… de verdad que mi cabeza, no es que se pierda, es que le rebotan demasiado los pensamientos y prefiero pararlos un rato.
En fin.
Ese Cu Cu sigue sonando como un bonito y dulce eco de fondo.
Lo tengo claro, sentía que «algo» faltaba en mi casa para ser ese «hogar», y creo que ya lo he entendido.
Tengo que dejarme encontrar por un Reloj de Cuco que me cante las horas y me acune el alma
PD. Si alguien tiene un reloj de Cuco de verdad que le sobre, que le moleste, que esté cogiendo polvo en un trastero o vaya a acabar en un rastro en el mejor de los casos… me comprometo a cuidar a ese pajarito con amor hasta el fin de sus días.