Valle del Cocora, Salento, Triángulo del Café (Colombia)
Cuando Dios creó el mundo, puso todas las paletas del verde en Quindio.
Este valle es de una belleza impresionante, y aunque ciertamente cualquier entorno paisajístico de montaña suele quitar el hipo de lo bonito, este tiene una particularidad que hace que sea diferente:
- Por una parte, las enormes, altísimas Palmeras de Cera
- Por el otro las laderas de un verde homogéneo, como pintadas, alternando la zona boscosa con la de prado
Todo esto le da un contraste realmente interesante, con los picos de las montañas cercanas donde pareciera que quisieran alcanzar y hasta competir las hojas de las copas de las palmeras.
A pocos kilómetros de Salento, otra ciudad «multicolor», está la entrada al Valle del Cocoa con su famoso Bosque de palmeras.
Nada más acercarte ya empiezas a intuir que la Naturaleza te va a dar un buen subidón de cortisol, de llenar los pulmones de ese aire tan puro que se respira en los entornos montañosos, y unos momentos de paz y reconciliación con el mundo de esos que son muy necesarios.

Enseguida empiezas a caminar y a no poder dejar de abrir la boca con admiración por lo curioso del paisaje. Un relieve de montañas que nos rodean, con unos verdes mágicos cayendo abruptamente o por pendientes ordenadas y esos troncos delgados, casi infinitos, apuntando al cielo, con un pequeño penacho en la punta que salpican de aquí allá, como desafiando la gravedad.
Y todo alrededor, una variedad sin fin de plantas, árboles, flores y vegetación de todo tipo en unos tamaños y formas realmente generosos que completan la imagen de la perfección.

Hay varias rutas de senderismo, la más normal llega hasta un primer mirador (una horita a paso normal), puedes seguir avanzando un poco más empinado hasta un segundo mirador (menos de una hora más, al mismo paso) y luego lo bonito tiene que ser sin duda, seguir avanzando montaña arriba, bordeando y dar vuelta por detrás para comenzar la bajada ya por el valle directamente haciendo una travesía circular.
Lamentablemente no lo teníamos previsto, no íbamos preparados ni con tiempo y uno del grupo no podría haberlo hecho por tener las rodillas perjudicadas, así que nos conformamos con llegar al segundo mirador, más que suficiente para disfrutar de todo el esplendor de este valle que realmente merece el esfuerzo de la subidita.
No es dura del todo, pero del primer al segundo mirador ya se empina un poco más y no todo el mundo sube contento, aunque para nada es algo del otro mundo. Y de verdad… merece el esfuerzo si es que las condiciones físicas no muy buenas te exigen esforzarte un poquito.

Por el camino, además de toda la vegetación que puedas imaginar, verás caballos y ovejas pastando a su aire, y cuando miras al cielo, numerosas aves grandes, que primero no sabes si son ágilas, pero te aclaran que son buitres… Y si hay suerte, ya que estamos en sus dominios, podrías cruzarte con el maravilloso Cóndor, endémico de la zona, pero algo esquivo de ver. Nosotros no hemos tenido la fortuna, pero la posibilidad existe y eso hace aún más interesante el mirar arriba.
La bajada se hace por otro sendero, más arregladito, aunque como con escalones que particularmente no me gustan mucho y prefiero bajar como las cabras, por la tierra y el verde, haciendo contacto con la Pachamama… (No, hoy no me he descalzado…)
Llegar a comer a Salento es un clásico, donde reponer fuerzas con una bandeja Paisa para los mas atrevidos y hambrientos, patacones, chicharrones o cualquier otra especialidad de la zona, antes de dar un paseo por esta ciudad que, de forma similar a Filandia, tambien está pintada de colores en las casas. Pero aquí, y esto si que es una opinión personal, se ve mucho más como una «pastiche», como un foco turístico exagerado, y personalmente, una vuelta rápida es más que suficiente.

Lo bueno es aprovechar la tarde, subirse a uno de los Willis que son los vehículos por excelencia de la zona (los Jeep Wrangler de toda la vida que aquí se han hecho los amos del país, se pintan de colores y son el transporte por excelencia), y llegar a una de las cientos de Fincas de Café del área, donde conocer y aprender sobre el grano que da el nombre a esta zona del país.
Finca el Recuerdo es la que hemos visitado, no muy grande, 4 hectáreas, pero me ha gustado porque es de las que tienen las plantaciones tradicionales, lo que significa que el café está junto al bosque, con otros árboles, de una forma mucho más ecológica y sostenible que las plantaciones monocultivo. Evidentemente son menos productivas, pero, para la tierra y para la economía de una finca normal, da de sobra. Nos ha gustado mucho la explicación de toda la historia y proceso del café, viendo desde la pequeña semilla y los primeros brotes, hasta las plantas llenas de esas bolitas rojas que serán las que den vida a nuestros desayunos, sobremesas y momentos compartidos.

Volver encaramados en la parte trasera del Willy, por esos caminos bastante enrevesados y tener que cambiar de vehículo porque pinchamos, hace que la experiencia sea completa.
El llamado Eje Cafetero o Triángulo del café, realmente da mucho juego, bien recomendado visitar con tiempo y ganas esta inmensa parte de Colombia con tanto para disfrutar.























