110. Charlas con mi vecino

Tengo un vecino con el que me encanta charlar.

Sentarme debajo de la enorme encina que tiene en el jardín de su casa, con su «gimnasio» particular, hecho con todo menos con artículos de gimnasio, que si dos ruedas de carretilla y una barra, que si un saco lleno de no se qué para dar puñetazos, que si una especie de columpio para doblarse y estirarse, que si… ¡bueno, todo artesano, reutilizando de todo, me flipa!

Es de estas personas que son capaces de dar vida a lo que cualquiera tiraría. Me explicó el tremendo significado de algo que tenía colgado en uno de los muros y que no podrías pensar que era más que «cosas colgadas». Pues se «invento» los dos escudos de sus apellidos, el suyo y el de su mujer, todo con símbolos que representaban lo que signfica cada uno, y entre uno y otro, una cadena los unía, como están ellos.  Así, tal cual.

¡Me encanta!

Pero además de su lugar mágico, tiene su pasión que es el huerto. ¡Impresionante huerto! De todo, y tan bien cuidado, con tanto mimo…

Es un maestro jubilado de Vinarós, al que todos sus alumnos recuerdan, valoran y respetan enormemente.

No me lo dice él, lo he visto, antes de saber quien era, y escucharlo «Es Don Manuel, fue mi profe… el mejor que tuve». Ha sido una frase más que repetida por numerosas personas que directa o indirectamente (por hijos) han conocido su papel docente.

Y eso se lleva en la sangre. Me recordaba a mi abuelo, maestro de escuela de los de antes, que le encantaba hablar y enseñar lo que sabia con auténtica pasión.

Pues Don Manuel, Manolo, que no le gusta el Don ni el usted, es así, lo que sabe, te lo transmite, de esa forma, que tienen los maestros de vocación. De esos que quedan pocos, pero quedan.

Cuando vine a esta casa, empecé a poner una especie de huerto. Digo especie, porque eso era un enjendro… pero bueno, yo me entretenía y me iba bien para despejar la mente en esos años tan complicados y, aunque no le podía dedicar lo que requería, era muy agradecido, y me creía de todo.
Pero desordenado y a lo loco.

Como yo, más o menos ;)).

Y cuando yo estaba dándole a la tierra, o a la planta, o a lo que fuera, y él pasaba por delante, como no tenía valla y se veía todo, siempre me decía algo… Al principio, pasaba con todo su respeto y delicadeza y poco a poco, cuando vio que le permitía y le agradecía muchísimo todo lo que me enseñaba, cada vez me ayudaba, animaba o recomendaba algo mejor.

«Chiqueta, veo que te gusta esto, pero… esos tomates… recorta ahí… riega más…» 

Nunca me lo ha confesado, pero tengo claro que se debía desesperar viendo lo chapuzas, poco ordenada y caótica que era con mi huerto… Y aunque me enseñaba como atar las ramas, donde tenía que poner o no poner cosas, me traía un cordel especial y algún esqueje para que creciera, la verdad es que al final el huerto quedó en nada, pero su paciencia y ganas, no las puedo olvidar.

Así le conocí, pasando por delante de mi casa. Cuando iba con la carretilla a tirar ramas al contenedor. O con la sombrilla y la bolsa de la playa, el sombrero grande, y Lola, su mujer, de su brazo, para pasar la mañana con los amigos remojándose en este Mediterráneo nuestro tan azul…

Ahora, por circunstancias aparte de vecindario, ha surgido el poder tener más trato, más conversaciones, más tú a tú.

Y es un descubrimiento y toda una alegría el poder conocer personas como él.

Le admiro. 86 años que no os podéis imaginar lo bien llevados que los tiene, yo no le echaba más de 70 y pocos… Menudo físico. ¡Claro, en su gimnasio y en el huerto, como para no estar en forma!

Pero sobre todo tiene en forma la cabeza. Los pensamientos, las ideas, el hablar sosegado y tranquilo, la mirada profunda de quien ha vivido mucho.

Esas charlas, esa experiencia, esos consejos, esas preguntas curiosas que me hace, porque creo que le sorprende bastante mi forma de vida…

La verdad que ha sido un regalo para mi el necesitar un trastero y que él tuviera uno disponible, porque sin eso, me hubiera perdido la gran oportunidad de conocerle más allá de un saludo cordial o una conversación de ascensor, en un vecindario sin ascensores.

Y cuando ves personas así por la vida, es cuando agradeces a la vida esos regalitos que te pone por el camino.

Porque, al menos a mi, me muestran lo que me gustaría ser dentro de unos años. Donde y como quiero llegar si la edad sigue avanzando.

Para mi es un modelo y un «se puede»; poder tener una vida como él, con una afición, activa, con pasión por algo que hacen que mente y cuerpo se acompañan y levantarse cada mañana es el placer de dedicar todas las horas de tu día a aquello que más te guste.

¿No os resulta inspirador?

¡Absolutamente si!

Por muchos ratitos más en su rincón sagrado bajo la encina….

 

PD1
Mi zona debe tener algo especial.  Otro día podría hablar de mi otro vecino por el que no pasan los años, Enrique, también dedicado a su huerto (¡¡eso es mucho más que un huerto!!), a sus campos, sus gallinas… y a concederme el privilegio de tener una alimentación de lo más sana, saludable y natural con los productos que salen del cuidado de sus manos, de su esfuerzo y de su eterna sonrisa.

 

PD2
Lo natural, amigos, lo natural.
Dejaros de tanta pastilla y tanta tontería, y volvamos a la naturaleza, al sol, a al tierra, al trabajo manual, a la ilusión por algo…
Esa es la verdadera fuente de salud y eterna juventud.

 

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