98. Salto de cama

De cama en cama.

Cama en el sentido literal, que el otro aquí no procede.

Cama, ese enorme invento de un soporte en el suelo con parte mullida que te recoge y envuelve, en el que pasamos, a lo tonto lo bailo, al menos un tercio de nuestra vida.

Ahí es nada.

Pues eso… que de cama en cama.

9 días, 4 hoteles, y nada exótico.

Zaragoza, Madrid 1, Madrid 2 y Zaragoza de vuelta.

 

Está muy manido eso de que como en la propia (la cama, digo), nada, pero cierto es que a mi me da un poquito igual, que duermo en el palo de un gallinero y eso de añorar la cama o no dormir bien si no es la propia, tengo la fortuna que no me ocurre.

Cualquier (casi) hotel, cualquier (casi) cama, me resulta bueno para dormir.

Y, oye, os voy a decir que hay camas ¡y camas!… como vinos y vinos o tortilla de patatas y tortilla de patata.

Vamos… que hay algunas camas, que… qué queréis que os diga… toda la vida me quedaría en ellas sin remordimiento, jajajaja.

 

Pero más allá de eso, os digo incluso que me gustan los hoteles. Sí, eso, ir de hoteles, Cambiar de cama de lugar, de entornos. Aunque sea por trabajo, da igual. Me gusta. Porque hasta trabajar en una habitación de hotel… oye, que está guay!!

 

De un cierto nivel, también es verdad, o con encanto. Los tiempos de la fonda del sopapo y de pelear por ver quien gana la almohada, si la cucaracha o tú, pues ya los pasé en mis tiempos mozos…Pero sin necesidad de hablar del lujo y excelencia (que no voy a decir que no me gusten, no me tachéis de mentirosa), para mí es un puntazo el ir de hoteles por la vida.

 

No sé, posiblemente sea parte de mi 7 (eneagrama) con su cadencia por la novedad, lo distinto, la a… pero eso de pasar la tarjeta por el lector que se acompaña siempre con esa expectación de «a ver qué», entrar en un lugar nuevo, con la mirada curiosa y a veces temerosa, estudiar la cama lo primero, su tamaño, la apariencia del colchón y las cubiertas, las almohadas…

 

Luego la ventana, descorrer cortinas, a ver que se ve, disfrutar de un paisaje, del bullicio de la calle, o cagarse en todo si te ha tocado la interior y todo lo que tienes enfrente es una pared horrorosa…

 

Pasar al baño, cotillear las amenities («cositas») con la esperanza de que haya algo increíble, maravilloso, único y diferente (pero no ocurre)…

 

Y ya con lo principal visto, ir descubriendo poco a poco tu próximo hogar por horas o días…

 

¡Eh! que seré rarita, vale, pero que es como un trance iniciático del mundo viaje, que no se me termina de pasar, y no será porque no pateo.

 

Y la limpieza? Admiración total por esas señoras que lo dejan todo como una patena, esas sábanas sin una arruga, esos grifos en los que no se nota más que el brillo, los dobleces, las colocaciones. De verdad me parecen admirables y poco, muy poco, se las reconoce.

 

En cambio hay algo que no me gusa de los hoteles.

Nada.

 

El desayuno.

 

De verdad… ¡qué manía le tengo!

Cuando está incluido, es una putada como un templo.

Si es malo, escaso o cutrillo, porque es malo, escaso o cutrillo.
Y cuando es bueno, enorme, buffet con inacabables platos que jamás pondrías en una mesa, delicatessen, tradiciones, mil tipos de panes, aceites, y todo lo que te apetezca… pues por eso… Porque yo que no desayuno, ahí que le doy a los poquitos, todo es empezar… y ale a ponerse como el quico…

 

Vengaaaa, que no, que no quiero desayuno, que es una barbaridad y luego salgo arrastrándome y jurándome que no volveré a pasar por ahí… Hasta la siguiente, que la carne es débil y la voluntad aún anda dormida a esas horas.

 

Ay, hoteles.
Ay, camas…

Ay, ay, ay…

 

Pero ya toca volver a la mía, hacer la estrella entre mis sábanas, y no dejar muy lejos la maleta, que en breve, tocará otro salto de cama.

 

PD1

Gracias a los hoteles
Alfonso y Vincci Zentro de Zaragoza, Rafael Atocha y Claridge de Madrid, por haber sido mi casa estos días.

 

PD2
No pienses en la cama, y piensa e cualquier otra situación de cambio. Y pregúntate que tal lo llevas, si te adaptas o si lo sufres. A veces es tan solo darle una vueltita…

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