El hotel Faus-Hütte
Faus Hütte, era el nombre del hotel maravilloso que construyeron mis padres cuando ya dieron por finalizada la etapa de Madrid. Inaugurado en diciembre de 1986, tras un año y medio largo de obras, que comenzó cuando yo terminaba 3º de BUP y durante todo mi año de COU, con viajes constantes Madrid – Villanúa – Madrid en ese tiempo.

La identificación total
Es curioso lo que somos las personas; en el tramo en que la gente empieza a pensar en la jubilación, mis padres dieron un valiente salto al vacío decidiendo rescatar sus sueños de juventud dejando el asfalto para ir a «su lugar», la montaña.
Quisieron realizar su deseo de recién casados: tener un auténtico «hotel de montaña», refugio para montañeros y amigos.
No podía ser otro lugar que el corazón de la cordillera Pirenaica, entre esos riscos, caminos y paredes por los que sus botas habían pateado, escalado, trepado, derrapado hasta alcanzar cimas desde las que admirar y agradecer la belleza de la vida.
Y este lugar elegido con tiempo, dedicación, constancia y buen juicio, fue el fruto de toda una vida viviendo por y para la montaña. Referencia, refugio, y para mi, hogar, aunque tan sólo de fines de semana y vacaciones ya que fueron mis años de universidad y solo iba en los recesos estudiantiles.
Estaba -y creo que sigue estando, pero ahora como albergue, si no me equivoco- en Villanúa, un pequeño pueblo del Pirineo Aragonés, a mitad de camino entre Jaca y Candanchú, a los pies de la Collarada destacando esa balconada y enorme genciana en los laterales a la vista de todos, transeúntes y visitantes.
Se lanzaron a esta aventura estando ya ambos en en la cincuentena avanzada. Ahora que yo estoy en esa edad, me echo las manos a la cabeza. Qué diferentes son las mentalidades y qué admirable esa capacidad de trabajo, superación y esfuerzo que tenían nuestros mayores. Con las hijas ya crecidas, la vida arreglada y sin necesidad, dejan 30 años en la capital, venden la casa de Madrid y la monada de Rascafría y, en vez de pensar en tranquilizarse, disfrutar y relajarse, montan nada menos que un hotel restaurante para llevarlo ellos personalmente.
Mi más enorme admiración.
De verdad, yo ahora seria incapaz de emprender algo así, pero ellos, vaya si lo hicieron. Con todo su mimo, cariño y amor. Y desde 0, que, si cabe, aún tiene más mérito.
Compraron un terreno, al lado mismo de la carretera para una estupenda visibilidad, y de la nada, con sus ideas y preferencias, asesorados en lo profesional de la mano de Espejel, arquitecto, Senra aparejador y Lafarreta, constructor diseñaron toda una obra de arte fruto de inspiración en muchos años de viajes y montaña por albergues, refugios, hoteles y hostales en todo el mundo.
Si recuerdo con tanta exactitud los nombres de todos, aún datando de 1985, no es porque yo tenga excelente memoria, sino porque quedaron casi tatuados en mis recuerdos, a base de verlo escrito en madera sobre mi cabeza: en una de las genialidades de todo ese gran equipo, se les ocurrió grabar textos en unas enormes vigas de madera estratégicamente situadas, mezcla decoración y función. La primera, en la entrada principal, sobre una rueda de molino a los pies rellena de pequeñas piedrecidtas que pusimos una a una durante varios días toda la familia, donde constaba un «latinajo» que agradecía el paso de los viandantes bajo su jacena. La segunda, un poco más dentro, rezaba precisamente «Faus, Espejel, Senra y Lafragüeta me construyeron», dejando así legado de los artífices de la construcción.

Adoptando lo mejor de cada sitio, con un interior totalmente alpino suizo y un exterior típico aragonés, se convirtió en un lugar de culto, no solo para montañeros, si no para cualquier amante de la buena mesa, ya que mi madre era un ángel en la cocina y venía gente hasta del País Vasco en el día, simplemente para comer.
Y el hotel, en sí, era de los que hoy se llamarían «con encanto». Y de eso le sobraba. No había detalle que no estuviera pensado, cuidado y mimado. Cada rincón, cada decoración, cada espacio. Todo tenía algo especial, diferente y único. Mi madre, además de una excelente cocinera, tenía un gusto extremo para las cosas de casa y la decoración, y junto con mi hermana, que había estudiado precisamente Arte y Decoración y se le daba muy bien, hicieron un tandem estupendo.
Mi padre tenía un enorme despacho la biblioteca familiar, enorme. Soy de familia amante de los libros. Recuerdo que para la mudanza de Madrid a Jaca nos dedicamos él y yo a clasificar, ordenar y empaquetar todos los libros que ya había en Madrid, un trabajo laborioso, con sus etiquetas pegadas en los lomos, búsqueda de categorías, todo a mano y con cariño, pero que disfruté un montón. Cuando acabamos de embalar los cientos de cajas de libros, no exagero, cientos largos, el total del número de libros que salieron de la calle Encinas 17 superaba los 5.000. Para una casa «normal», no era nada «normal» 🙂
En ese despacho, con ese ambiente de lectura y recogimiento, lleno de recuerdos de montaña, familiares y de tantos y tantos esritores que habían dejado su legado en obra literaria, frente a unas enormes ventanas con vistas a la Collarada, mi padre le daba sin cesar a las teclas de su querida Olivetti, y no dejaba de publicar articulos, opiniones, guías de montaña, libros…
Tambien ese despacho ha sido el encuentro con toda la flor y nata del alpinismo español y de países vecinos. La cantidad de gente «importante» que ha estado ahí con mi padre, con nosotros, disfrutando de lo que posiblemente sería la mayor biblioteca de montaña del momento, de sus historias, planificando, conversando… quedará para siempre entre esas paredes. Gente que hoy es reconocida y de renombre, y que entonces eran jóvenes ilusionados, como Carlos Pauner, Larramendi y muchos más. Vacas sagradas de la Montaña grandes amigos de la familia, Sebastián Ávaro, Pérez de Tudela y tantos más. Son tantas las caras del mundillo de la montaña que han conocido «el Faus-Hütte» que seria imposible rescatarlos a todos.
El reino de mi madre era la cocina del restaurante. Su pasión, cocinar. Una forma más de cuidar, algo que era innato en ella. Enorme, con una isla central de 4 fuegos gigantes, y en una parte una gran cocina de leña, de esas de hierro colado, de las de antes donde salía el caldo más sabroso que se puede imaginar. Ahí disfrutaba creando y llegando a los paladares de tantísima gente que aplaudía y alababa sin cesar los platos que salían de sus manos. Sita tenía un duende más que especial para la cocina, eso es algo indiscutible que no digo como hija, simplemente transmito como realidad objetiva. Pero no solo cocinera, sino pionera. Le encantaba traer cosas nuevas de otros lugares, y nuestro restaurante fue de los primeros de España y desde luego de la zona en que se degustaban las mejores Fondues Suizas (de queso, de carne…) con toda la parafernalia traída del país por ellos mismos. Podría hacer un derroche de gastronomía con las especialidades de la casa, que se escribían a mano a diario en la carta, una cartulina de papel con la imagen de la genciana, pero babearíamos todos, y dado que ya no puedo disfrutar de las delicias de mi madre, prefiero no meterme en eso. Así como a mi padre le visitaba gente «importante» de la montaña, por mi madre venían no sólo tipo de comensales, incluídos famosos y autoridades. La plana Mayor del Ejército ha cerrado el hotel varias veces, y el Rey JC y su séquito estuvo una vez a punto de venir (menudo follón se armó), sólo que finalmente se canceló la visita a la zona por alguna emergencia y no llegaron a visitarla en esa ocasión. Era un orgullo ser la hija de una de las mejores cocineras del momento, aunque de eso no he heredado nada de ella.
Las habitaciones no tenían número, si no nombres de montañas que fueron significativas para ellos. Monte Perdido, Anayet, Balaitous… así hasta 10 inicialmente, grabados en un enorme tocho de madera del que colgaba la llave que abría esas vistas tan increibles. Recuerdo perfectamente que al abrir el hotel eran precios caros. 10.000 pesetas la noche con desayuno. Eso sí, habitaciones preciosas, cuidadas, con fotos de la montaña que representaban y unos edredones traídos de Suiza que todavía no se conocían en España, como tantas cosas en las que mi familia fue pionera. Con la remodelación de la buhardilla, salieron otras 5 más. Era un hotel pequeño, cuco y mimosón, tan acogedor que las despedidas de los clientes eran una promesa a volver, como la mayoría de las veces ocurria.
El lema, era la realidad :
«Donde los clientes son amigos y se sienten como en su propia casa… ¡o mejor!»
Fueron años muy bonitos y también muy duros. La hostelería puede dar mucho dinero, pero quita mucha calidad de vida si se lleva personalmente. Y este fue el caso. Se terminaron las cenas de familia todos juntos, los horarios regulares, los fines de semana o festivos. La vida dio un cambio. No sabría decir si a mejor o a peor, según como y quien lo mire, pero indudablemente un cambio radical.
La casa familiar era un tercio del edificio. 4 habitaciones, arriba, una preciosa escalera de madera por la que yo subía de espaldas cuando llegaba de juerga a la hora que mi padre se levantaba, tratando de «disimular» de forma bastante absurda…
El salón con una preciosa estufa de leña que desgraciadamente alguien dejó perder de mala manera, y una vida de familia que discurría detrás de la puerta que separaba del hotel.
Era un lugar tan especial, que en la parte de atrás del jardín, con la caseta de la caldera y leñero ajustado a cuadra, durante una temporada vivió Crica, la yegua de mi hermana, que cada mañana al levantarnos metía su enorme cabezota por la ventana de la cocina, para pedir su zanahoria de desayuno.
Y es que en mi casa poblaban tanto personas como animales de todo tipo. Tanto mi madre como mi hermana y yo, somos almas absolutamente unidas a las de cualquier bicho viviente. Al señor Faus también le gustaban, claro, y les quería mucho, pero no sentía esa pasión, a veces tan dolorosa, por estas criaturas increíbles con las que compartimos universo. Odín llegó pero para quedarse bajo la tierra para siempre con nosotros, y le siguiento Tupi, Ibón, Golfo, Lúa, Kiva… varios gatos y otros espontáneos, recurrentes o temporales han sido habitantes de nuestro hogar.
Mi padre, además de escribir, hacía de guía de sus queridas montañas. ¿Quien mejor que él? durante mucho tiempo se decía que era la persona que mejor conocía el Pirineo, y posiblemente tenían razón, no era ninguna leyenda. Pateando con los pies, y describiéndola con sus palabras, cada uno de los relieves de esa imponente cordillera era perfectamente identificado y reconocido por mi padre. La verdad que era una delicia escucharle recitar los nombres de cada cumbre, cresta, valle de las irregulares sombras que recortan el cielo con el perfil de las montañas. Y de cada uno tenía una historia, una anécdota, una aventura o una experiencia que contar.
El Faus-Hütte.
Ese lugar tan emblemático donde tanto hemos vivido la familia Faus Gallejones.
Qué recuerdos tan bonitos. Podría no parar de escribir de ellos
Algunas notas y fotos más, pinchando aquí









































